Sin Querer, Queriendo

 

Jorge Ricardo Riba

 

 

Esta expresión del famoso personaje “El Chavo del 8”, bien podría aplicarse a la Ciudad de Panamá, que pareciera haberse construído, y se sigue construyendo, “sin querer, queriendo.”

 

Esta ciudad-metrópoli tiene un plan, pero ni las autoridades le hacen caso.  La reciente Ley de Urbanismo tampoco parece haber cambiado nada que valga la pena mencionar.  Una de las novedades de la ley es la figura de las Juntas Municipales de Planificación, otra es la participación ciudadana.  Ninguna de las dos ha pasado a la realidad desde el punto de vista de eficacia y ordenamiento urbanístico.

 

Lejos de ser una urbe para todos sus habitantes, ésta refleja el deseo de ostentación y especulación, cuyo resultado es el caos.  Da la impresión de ser una ciudad para los ricos, con todos sus rascacielos y urbanizaciones bien dotadas pero inhumanas.  Al otro extremo, encontramos la ciudad de los pobres.  Carencias de toda clase, viviendas menesterosas, ausencia de infraestructura y de servicios públicos.

 

Al desempleo se suma el hecho de un pésimo servicio de transporte y la lejanía de los puestos de trabajo.  Y la ciudad de la clase media en proceso de encareserse por las excesivas cargas tributarias de sus integrantes, los costos del terioro y el aumento de valores por la especulación.

 

Toda la inversión en la construcción de esta ciudad-metrópolis puede tener beneficios porque el empleo, beneficia grandemente a los inversionistas, y consume muchos productos nacionales e importados.  Pero su resultado en términos de delincuencia y corrupción, falta de equidad y de desorden urbanístico, presagia un vertiginoso aumento de costos a mediano y largo plazo.

 

Cuando Panamá se independizó de Colombia y la ciudad se transformó en capital de la República, heredamos situaciones problemáticas en lo social y urbanístico, a saber:  un Casco Viejo amurallado y un arrabal segregado que hicieron su marca en el devenir de la Ciudad.  Agréguese por suposición, los límites de la Zona del Canal que advertía el “Off Limits” a los ciudadanos panameños que no teníamos razones válidas para cruzar el otro lado y los conceptos del “Rol de Oro” y el “Rol de Plata” y otros detalles, y podríamos entonces comprender por qué la ciudad duplicó esos rasgos de discriminación el desarrollo urbano.  Acaso sería una exageración decir que nuestra capital creció como lo hizo a propósito, o tal vez fue “sin querer, queriendo.”

 

Desde cuándo podríamos decir que se hizo un esfuerzo para enderezar las cosas y orientarlas por mejores derroteros?  Tal vez desde que el Arquitecto Austríaco, Karl Brunner vino a Panamá, por invitación del Gobierno y preparó un plan para la ciudad, en 1941.  La Ley 78 de ese año estableció normas de urbanización, pero esa ley se abolió como resultado de un acuerdo entre los gobiernos saliente y entrante en 2004.  Se puede afirmar que a partir de esa fecha se desbordaron los cambios de zonificación “lote por lote” que ha venido a convertirse en una especie de “Patente de Corso” que beneficia a algunos pero perjudica a la mayoría.

 

Lo peor es que hay áreas de la Ciudad protegidas por ley en las que mediante una simple resolución ministerial le cambian la zonificación con una desfachatez inaudita.  Nosotros no podemos culpar ni a los españoles, ni a los franceses, ni a los colombianos, ni a los americanos, ni a nadie, por la suerte de nuestro urbanismo.

 

En un sentido amplio y democrático, todos somos responsables por el cumplimiento de las leyes y debemos ejercer la presión necesaria, cívica y, si es necesario, legalmente para que se apliquen las normas y demás medidas de control para que el crecimiento de la ciudad no siga produciendo los daños y perjuicios que todos conocemos y muchos han denunciado.

 

No es justo que por falta de comprensión y de abuso de criterios personalistas no se cumpla con los planes existentes y no se hagan los esfuerzos requeridos para corregir lo que anda mal.  La comunidad, ciudadanos y profesionales, responderían con gran interés.  No hay razón para ignorar o castigar a la gente que clama por un mejor y más humano ordenamiento urbano.  Tampoco es correcto que se desvié la atención de los problemas importantes, como por ejemplo la protección del ambiente natural, mayores esfuerzos contra la contaminación del aire, de los ríos y del mar, y en cambio se presenten proyectos malos como la extensión del Corredor Sur tras el escudo de la cinta costera.  Basta ya de engaños!

 

Hago un llamado vehmente y respetuoso para que expresemos nuestra indignación y vergüenza por las cosas que están mal, por las injusticias que la Ciudad evidencia con pruebas desgarradoras.

 

 

El autor es arquitecto y urbanista